Mi primera bici fue roja, era una BH de paseo, de tamaño mediano. Era la bici con la que había aprendido a pedalear mi hermana que tiene 3 años más que yo. Algo nada raro en una familia de clase obrera en la que el primero estrenaba todo (ropa, juguetes, etc..) y si TODO le valía también al segundo, mejor que mejor. De modo que, mientras yo heredaba aquella bici roja, mi hermana estrenaba otra azul que también era una BH de paseo, pero ya del tamaño estándar pensado para un adulto…
El pueblo en el que crecí, es la entrada a un valle muy apreciado. Un valle que había sido cruzado por las vías de un ferrocarril, el Plazaola, que comunicaba las provincias de Guipúzcoa y Navarra.
Tras unos años de prosperidad, aquel tren dejó de tenerla, y se tiraron algunas estaciones y otras se quedaron en pie para que el paso del tiempo hiciera lo propio. Los raíles, traviesas y demás elementos que constituyeran las vías fueron retirados, y en su lugar quedó un camino mayormente de tierra, a excepción de los primeros tramos que fueron asfaltados. Los túneles más largos del trazado fueron dotados de luz, y los que presentaban peligro de derrumbe fueron anulados, creándose pequeños desvíos paralelos que se reincorporaban al camino…
Con mi bici roja heredada, mi padre y aquel paseo popularmente conocido como Trentxiki (literalmente en euskera “tren pequeño”), aprendí a pedalear. Primero iba con 4 ruedas, las dos de la bici y las dos pequeñas que se añaden en los laterales de la rueda trasera y que hacíaN un ruido horroroso. Cuando mi padre consideró que ya dominaba la técnica, me quitó aquellas dos rueditas del demonio y me enseñó a pedalear sin ellas.
Con aquella bici roja heredada, sin mi padre y en el Trentxiki, me pasé muchos veranos pedaleando con la cuadrilla del barrio. Pero, cuando mi hermana se hizo mayor, dejó de andar en bici, y yo heredé la suya, la azul.
Con aquella bici azul heredada yo también me hice mayor y dejé de pedalear…
¡Qué difícil eres hija! Las cosas que me hacer hacer...
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