Hay quien piensa que conducir un vehículo saca la verdadera naturaleza de cada uno. Los que esto dicen, cuando lo dicen, con vehículo lo último en que piensan es en una bicicleta y con verdadera naturaleza siempre quieren referirse a que sale lo peor de cada cual, nunca lo mejor.
Yo personalmente no conduzco vehículos a motor, por lo que no se lo que se siente cuando vas agarrando el volante, pendiente de las señales y de los demás usuarios de la vía, pero sí que pedaleo, hecho que, salvando las distancias, me pone en la misma situación que si estuviera conduciendo un coche, en el sentido de que tengo también que estar atenta a las señales y al resto de seres con los que comparto la vía.
Vivo en la city, o sea, Vitoria, ciudad con mucho terreno para crecer, en proceso de expansión y que es prácticamente plana, lo cual hace posible que pueda ser dotada de infraestructura para moverse por ella y sus alrededores pedaleando. (De hecho, lo hace, aunque podría hacerlo mejor).
En mis ratos libres he experimentado las muchas rutas que tiene esta urbe en sus alrededores, se trata de bici-carriles de asfalto o caminos de tierra amarilla que, entre otras cosas, te permiten rodear toda la ciudad, y que constituyen el llamado anillo verde vitoriano. Los bici-carriles de asfalto son de uso exclusivo para bicicleteros, los caminos de tierra amarilla son compartidos entre peatones y pedaleantes.
Cuando he usado los primeros, me he encontrado, sobre todo, con otros bicicleteros (aunque también con patinadores de dos pies, monopatinadores, tricicleros, cuadricicleros y hasta monocicleros y gente que va en tándem) , y entre ellos hay de todo: gente que va detrás tuyo a una distancia razonable y gente que se acerca tanto que casi te hace derrapar con la rueda trasera, gente que te adelanta o se te cruza y que te hace frenar bruscamente para no comértelo o gente tan cauta que casi hasta de hace señales de humo para avisarte de sus maniobras, gente que va en dirección contraria y que encima quieren que te apartes tú y gente que pasa por el otro carril y hasta te saluda sin conocerte...Y también algún que otro peatón espontáneo que va despistado o que te mira mal...
Cuando he usado los segundos, es decir, los caminos de tierra amarilla, me he topado con la misma sarta de seres que he enumerado en el párrafo anterior observando en ellos los comportamientos ya descritos. A diferencia de lo que ocurre en los bici-carriles, aquí el número de peatones suele ser mayor y unas veces son peatones paseantes y otras corredores; unas veces van solos, otras en pareja, de tres en tres o, incluso, muchos más y en ocasiones hasta son grupos mixtos de peatones y niños pedaleando. En definitiva, que aquí la fauna humana es muy variopinta y, por ende, las reacciones en el momento de compartir la vía pública también, por eso hablaré de ellos más detenidamente en otra ocasión.
De momento solo me queda por decir que para ir en bicicleta o a pie no precisamos de carnet de circulación alguno, por lo tanto, la circulación pacífica depende exclusivamente de la voluntad de cada uno de los usuarios que comparten las vías y, teniendo en cuenta que la gente tiende a no ver más allá de sus narices y que los bicicleteros no siempre estamos bien aceptados socialmente, me pongo a temblar solo de pensar que mi vida pende de esas voluntades..de esas verdaderas naturalezas que salen cuando te cruzas con la gente a las horas puntas de salida del trabajo y solo tienen el plato y los cubiertos en sus mentes.
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